viernes, 11 de febrero de 2011

La primigenia es el acto de perpetuarse en el tiempo y espacio. La predegistinación busca llegar al final del acto de la creación en el instante preciso en que la cinta de enmascarar se acaba. El caos es la oportunidad que posee el predegestinador para auscultarse a sí mismo. El predegestinador trabaja sobre lo construido, ningún ser humano sabe que hubo antes de la primigenia. En este sentido, la ecuación cromática y su posible resolución encierran la mimesis entrópica. De allí emergen los dioses como hacedores de la perturbación transformada en la línea no definida que, se desprende sobre la superficie del lienzo cósmico.


La perturbación se teje a medida que el color se despliega húmedamente sobre el papel a través de surcos amorfos que absorben todo intento de interpretación. Las manos de la deidad poseen la capacidad de la creación. Lo creador se asocia con el desbordamiento del caos en la medida en que este último es consecuencia de la creación. El caos se propaga y satura el universo con sus inciertas presencias fantasmagóricas. Así, el demonio o los demonios como símbolo hacedor del orden emerge de los vértices del caos dejados por la predegestinación.


La creación del caos posee nueve momentos no secuenciales. El número nueve alquímicamente corresponde a lo acabado pero imperecedero en la magnitud de la memoria cósmica. Cada momento es concebido independientemente respecto a los otros. La creación consta de siete momentos de sombras y dos momentos de luz. Lo lumínico predomina en parte debido a que sólo basta un haz fotónico para romper los límites planos de la oscuridad. Con el paso de ésta a sombras va ascendiendo el color, los tonos texturizados, densos y opacos son transmutados en superficie brillante. Los nueve momentos al no poseer secuencialidad pueden ser ensamblados al azar en infinitas ecuaciones que no exigen orden o correlación, de ahí se deduce como principio que todo acto creador encierra y libera el caos; también contiene la posibilidad de la destrucción que culmina en el aniquilamiento de las formas. Por consiguiente, la primigenia únicamente deja entrever algunas diminutas fisuras de ese universo anterior que antecedió a la era de la predegestinación.


El predegestinador actúa e interviene sobre los designios. Estos como elementos ectoplasmáticos son transmutados a partir de la piedra filosofal concebida en el interior del orden. El predegestinador para conseguir manipular tales elementos debe llevar su conciencia al nivel de la infancia cósmica, época antiquísima en la cual las desgastadas curvas de planetas se desparraman en ondas hacía las afueras de las galaxias. De igual forma, el predegestinador debe hacer uso de sus ocho brazos para manufacturar cada uno de los nueve momentos.



Uno de los brazos es utilizado para pulverizar la roca que ha de endurecer la superficie matizada del caos, una vez que éste ha empezado a materializarse. El predegestinador debe crear un hilo de plata que enlace lo primogénito con lo samsárico, para ello hace uso del brazo heráldico, el cual tiene la capacidad de desplazarse a través de los materiales y tomar los elementos más apropiados para elaborar el mapa astral de la predegestinación.

El tercer brazo tiene la capacidad a través de la experiencia de eliminar el procedimiento de la elaboración. Así mismo el cuarto brazo juega con los objetos que están predestinados a no ser objetos, se sumerge en ilimitadas coloraciones superpuestas sobre caóticas capas que arrugan las curvaturas concéntricas de los triángulos samsáricos.


El quinto brazo en teoría debería crear tramados convexos pero los largos dedos sólo consiguen crear grietas por medio de explorar las grietas cósmicas ya existentes, dando origen a los designios, aquellos que tienen la capacidad de evocar la simetría de una pared ya olvidada. Si un ser humano lograra descifrar cada uno de los designios podría conseguir perderse en su propio universo.

El sexto brazo es el menos intangible de todos, su capacidad reside en susurrar el caos a partir de descomponer el legado de Anubis e insinuar la creación a partir de reagrupar el caos para posteriormente expresarlo en líneas asimétricas.

El séptimo brazo se despliega a medida que el calor estelar cocina a altas temperaturas cada uno de los ingredientes agrupados en el preparado alquímico que va adquiriendo su textura opaca, la cual misteriosamente se tornará tan brillante que cualquier mortal podría contemplar allí su propia silueta.

El octavo brazo interviene sustituyendo los incipientes surcos de orden que pueden emerger del caos. Su función queda reafirmada al dejar inconcluso el último momento y con ello, el caos; la creación misma.


La predegistinación opera en proporción matemática relacionada con el agotamiento de los elementos alquímicos. La creación del caos sólo está cercana al final cuando lo cromático ha sido endurecido por el calor. El predegestinador suda y transpira en ese ambiente, su figura se adelgaza, se alarga, se deforma y se despliega a través de la superficie cromática que comienza a desbordarlo. Así, los nueve momentos también pueden ser concebidos simultáneamente, con lo cual se reafirma que el caos sólo posee afirmación en la medida en que la máquina del tiempo es destrozada en el momento que al viajar se acerca a la velocidad perpetua de la luz.


Bajo los efectos de la predegestinación el tiempo no oscila. Éste último sólo en aras del orden. Ciertos fotones aplastados pueden evocar una era, pero la evocación no existe en la consciencia del predegestinador; es un sentimiento intuitivo del contemplador, del soñante que viendo en lo amorfo pretende con ayuda del hacedor transbordar la creación del caos hacía la perennidad del orden instaurado por la mente. ¿Qué pasaría si se desborda el caos o qué pasaría si la creación es devuelta a su estado anterior? ¿Podría realizarse? ¿Se encontraría nuevamente el preorden samsarico o por los menos rastros del mismo?

Una vez que el caos ha iniciado, la creación fluye y forma pigmentaos surcos que no pueden detenerse. Capa sobre capa, textura sobre textura esta operación se prolonga exponencialmente rozando las fronteras entre lo infinito y lo ilimitado.

Primigenia, arcaísmo, astralidad, centrifugación, implosión, explosión, opacamiento; todos estos elementos junto a los secretos de la alquimia amalgaman la oscuridad del caos, la cual es gestada bajo los potentes reflectores naturales del horno fotónico. Al extinguirse éste, paulatinamente también se desvanece la posibilidad de perpetuar caos y creación, ambos se van congelando resultando difícil manipular cada capa. Las arrugas cromáticas van extendiendo pliegues sobre inmemoriales pliegues inacabados.


Desde la lejanía el caos y la creación no ofrecen fascinación ante el contemplador, el cual puede pasar ante ellos sin percatarse de la existencia de ambos conjuntos. Pero, al acercarse a sus retorcidos y amorfos vértices verdulicios, la percepción cambia y reveladoras simetrías laberínticas van emergiendo y van revelando cada uno de los instantes que anteceden a la cercanía, proporción y exuberancia del orden. Grietas cósmicas, océanos galácticos todos envueltos en primogénitas crisálidas encierran la promesa de lo que en millones de años será la forma. Curvaturas cromáticas se elevan en medio de la superficie cristalizada transgredida por un rasguño quimérico. Entonces surge una duda tras la hipótesis formulada en una de las esquinas que se expresa casi como afirmación: “¿Hubo un universo anterior? La línea que separa las dos tonalidades así lo revela”.

En el octavo momento esa afirmación se esfuma, se desplaza ante los arcaísmos traslucientes empleados por el prededegistinador. Se recuerdan las llaves extraviadas, la promesa de un marco que pudo llegar a ser puerta, quedando encerrada por concéntricas pisadas de una especie en extinción. Así el predegestinador deja un surco, una línea profunda e inacabada que da testimonio del desmoronamiento cósmico que posee todo sueño y evidencia la incapacidad de tejer formas orgánicas. De nuevo una muy delgada línea en la mitad susurrando un post javú de algo que existió y que ha de volver a existir.


Atomización, materia, antimateria, pulverización; son conceptos que aparecen en el momento en que una máquina pretende descifrar las partes constituyentes del caos. Utopía de los sueños podría denominarse pero para el predegestinador únicamente se trata de un alambique que antepuesto a un nebuloso embudo que engulle el relieve de surcos, aristas y líneas. Las manchas traslucidas dan testimonio que la luz se evaporiza a través de las grietas. Otras manchas revelan que la sexta mano del predegestinador ha dejado marcas a su paso.


El caos posee momentos en los que simula adquirir forma. La memoria de la ciudad, “¿Pero, de cuál ciudad?” – se pregunta el contemplador. La arquitectura de los sentimientos antepone ante el predominio de un fondo incoloro. Experimentación de triángulos dentro del caos y la creación. Difuminación de sentidos y ausencia ante presencias que no tienen ningún propósito preestablecido o medianamente cercano a la intuición. Tal vez el propósito de un objeto así, sea la pausa, la cual aprovecha el predegestinador para limpiar sus instrumentos en las corrientes densas del visolate.


Entonces aparece la añoranza con la promesa transgresora del orden. Pero, se trata del orden que nuevamente volverá a ser caos, es decir, como una corriente creadora que fluye incesantemente sobre sí misma perpetuando el tiempo, sugiriendo un espacio un espacio cubierto de formas geométricas que en apariencia se funden en un único manto cromático. La añoranza parece traslucir halos de levedad, pero, los delgados surcos trazados con el cosmos sostenido por la séptima mano no ha hecho otra cosa que manifestar el sopor de la sugerida estructura de una fatigosa y pesada imaginación, intención que la predegestinación desea desalojar del caos mediante la sugerencia de pequeñas ventanas precipitadas sobre los bordes que separan al caos del orden.


A medida que la luz se extingue, anillos samsáricos aparecen no como objetos para ser apreciados sino para ser observados y contemplados mediante el tacto. En ellos se encierra la mutilación del momento en que el hacedor trató de imponer el orden. El predegestinador ha dejado este acto grabado sobre capas policromáticas que se abren a través de grietas concebidas para tal propósito. Endurecida por el calor, la superficie texturizada se desprende en trozos expresando metamórficamente que el caos puede ser devorado por la creación y viceversa.


Rastros de roca pulverizada pueden observarse sobre los arquetipos primogénitos de Anubis. El predegestinador no sólo se ausculta a sí mismo, también deja un fragmento arqueológico que testimonie la perfección del caos en su forma primigenia. Huellas de instrumentos quirúrgicos pueden ser fácilmente detectadas por el contemplador. Tan frágil como una hoja de palma, lo primogénito se extiende a través de una planicie de transparentes grietas circulares, poco perceptibles y que sólo pueden ser captados con el descenso de los fotones al a tiempo que la creación del caos se halla cercana a su final.

Texturas rugosas densamente amorfas superpuestas una sobre otra a lo largo de miles de millones de años aniquilan cualquier intención de definir lo indefinido. El caos aparece y se manifiesta con todo su ímpetu térmico.


El desorden cromático da testimonio de un cataclismo cosmogónico imposible de ser remotamente imaginado por cualquier espíritu o ente racional. Lo que en apariencia parece ser una forma se diluye a través de microeventos que operan a escala fotónica. Cerca de los bordes se evidencia como la creación en su punto más álgido implosiona dando paso a la destrucción. Entonces cada uno de los nueve momentos es engullido en el instante en que el predegestinador contempla como se agotan las herramientas, instrumentos, objetos y elementos que dieron forma al cataclismo de la creación del caos.

Emerge la tristeza ante el final de lo inaplazable. El predegestinador en cierta forma es un perpetuador alquímico del tiempo y del espacio. De nuevo vuelve a sonreír porque comprende que a medida que la memoria rupestre se haga dura y perdure siempre quedarán grietas que exclusivamente pueden llenar el caos y la creación.

Augusto Rotavista Hernández