
El desorden cromático da testimonio de un cataclismo cosmogónico imposible de ser remotamente imaginado por cualquier espíritu o ente racional. Lo que en apariencia parece ser una forma se diluye a través de microeventos que operan a escala fotónica. Cerca de los bordes se evidencia como la creación en su punto más álgido implosiona dando paso a la destrucción. Entonces cada uno de los nueve momentos es engullido en el instante en que el predegestinador contempla como se agotan las herramientas, instrumentos, objetos y elementos que dieron forma al cataclismo de la creación del caos.
Emerge la tristeza ante el final de lo inaplazable. El predegestinador en cierta forma es un perpetuador alquímico del tiempo y del espacio. De nuevo vuelve a sonreír porque comprende que a medida que la memoria rupestre se haga dura y perdure siempre quedarán grietas que exclusivamente pueden llenar el caos y la creación.
Augusto Rotavista Hernández
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