viernes, 11 de febrero de 2011


Desde la lejanía el caos y la creación no ofrecen fascinación ante el contemplador, el cual puede pasar ante ellos sin percatarse de la existencia de ambos conjuntos. Pero, al acercarse a sus retorcidos y amorfos vértices verdulicios, la percepción cambia y reveladoras simetrías laberínticas van emergiendo y van revelando cada uno de los instantes que anteceden a la cercanía, proporción y exuberancia del orden. Grietas cósmicas, océanos galácticos todos envueltos en primogénitas crisálidas encierran la promesa de lo que en millones de años será la forma. Curvaturas cromáticas se elevan en medio de la superficie cristalizada transgredida por un rasguño quimérico. Entonces surge una duda tras la hipótesis formulada en una de las esquinas que se expresa casi como afirmación: “¿Hubo un universo anterior? La línea que separa las dos tonalidades así lo revela”.

En el octavo momento esa afirmación se esfuma, se desplaza ante los arcaísmos traslucientes empleados por el prededegistinador. Se recuerdan las llaves extraviadas, la promesa de un marco que pudo llegar a ser puerta, quedando encerrada por concéntricas pisadas de una especie en extinción. Así el predegestinador deja un surco, una línea profunda e inacabada que da testimonio del desmoronamiento cósmico que posee todo sueño y evidencia la incapacidad de tejer formas orgánicas. De nuevo una muy delgada línea en la mitad susurrando un post javú de algo que existió y que ha de volver a existir.

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