viernes, 11 de febrero de 2011


Bajo los efectos de la predegestinación el tiempo no oscila. Éste último sólo en aras del orden. Ciertos fotones aplastados pueden evocar una era, pero la evocación no existe en la consciencia del predegestinador; es un sentimiento intuitivo del contemplador, del soñante que viendo en lo amorfo pretende con ayuda del hacedor transbordar la creación del caos hacía la perennidad del orden instaurado por la mente. ¿Qué pasaría si se desborda el caos o qué pasaría si la creación es devuelta a su estado anterior? ¿Podría realizarse? ¿Se encontraría nuevamente el preorden samsarico o por los menos rastros del mismo?

Una vez que el caos ha iniciado, la creación fluye y forma pigmentaos surcos que no pueden detenerse. Capa sobre capa, textura sobre textura esta operación se prolonga exponencialmente rozando las fronteras entre lo infinito y lo ilimitado.

Primigenia, arcaísmo, astralidad, centrifugación, implosión, explosión, opacamiento; todos estos elementos junto a los secretos de la alquimia amalgaman la oscuridad del caos, la cual es gestada bajo los potentes reflectores naturales del horno fotónico. Al extinguirse éste, paulatinamente también se desvanece la posibilidad de perpetuar caos y creación, ambos se van congelando resultando difícil manipular cada capa. Las arrugas cromáticas van extendiendo pliegues sobre inmemoriales pliegues inacabados.

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